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sábado, 17 de mayo de 2014

Aseguran que el abuso de alcohol es peor que el de las drogas ilícitas

Aseguran que el abuso de alcohol es peor que el de las drogas ilícitas

02/11/10 Midieron los efectos que causan en el entorno, además de los daños en la salud.
Por TRADUCCION: Silvia S. Simonetti The Guardian. Especial




LA “DROGA” LEGAL. El alcohol casi triplica a la cocaína en el perjuicio




El alcohol es la droga más peligrosa y por un margen considerable. Deja atrás a la heroína y al crack, según un estudio publicado en la revista científica The Lancet. Mucho más atrás aún, queda la cocaína.
El estudio fue dirigido por David Nutt, un ex asesor de drogas del gobierno británico y colegas de un Comité Científico Independiente sobre Drogas. Sostiene que si las drogas se clasificaran sobre la base del daño real que causan, el alcohol ocuparía el primer puesto.
El trabajo analiza nueve categorías de daño que las drogas pueden causar al individuo y siete tipos de daños que pueden provocar a terceros. El porcentaje máximo de daño fue de 100 y el mínimo de 0. El puntaje final surge de la combinación de todas las variables.
Las nueve categorías de daño al individuo fueron: mortalidad a causa directa del consumo, mortalidad derivada del consumo, daño directo a causa del consumo, daño derivado del consumo, dependencia, discapacidad mental a causa del consumo, pérdida de capacidades de la percepción, daño a las relaciones personales y lesiones.
Las siete categorías de perjuicios a los demás fueron: crimen, conflicto familiar, daño al entorno cercano, daño al conjunto de la sociedad, costo económico y deterioro de la cohesión comunitaria.
En total, el alcohol tuvo un porcentaje de 72 –en contraste con un 55 para la heroína, 54 para el crack y de casi el triple comparado con con la cocaína (27)–. Se concluyó que la heroína, el crack y la metanfetamina son las drogas más peligrosas para el usuario individual . En cambio, al contemplar también la variable social, las más dañinas son el alcohol, la heroína y el crack, en ese orden (ver “La lista...” al pie de página).
“Nuestros hallazgos confirman trabajos anteriores realizados en el Reino Unido y Holanda, que corroboran que los actuales sistemas de clasificación de drogas tienen poca relación con las pruebas sobre daños. Concuerdan también con conclusiones de informes previos de especialistas, que estiman que tomar como blanco de forma enérgica el daño que causa el alcohol es una estrategia de salud pública válida y necesaria” escribieron los autores del estudio.
Nutt dijo a Lancet que un nuevo sistema de clasificación “dependerá de qué tipo de daños “a uno o a otros uno intenta reducir. Pero si uno considera el daño total, el alcohol, la heroína y el crack son entonces claramente más dañinos que todas las demás drogas. Por ello es que tal vez las drogas con un porcentaje de 40 o más podrían ser Clase A, entre 20 y 30 Clase B; entre 10 y 19 Clase C y entre o y 10 Clase D”. Esto haría que el tabaco fuera considerado una droga Clase B al lado de la cocaína. La marihuana sería también Clase B, en lugar de C. Y el éxtasis y el LSD terminarían en la categoría más baja, la D.
Esto, más allá del aporte científico, es también un desafío para el gobierno británico para que se ocupe del delicado tema del daño relativo que causan las drogas legales e ilegales. De hecho, Nutt había sido despedido el año pasado por cuestionar el rechazo de los ministros a seguir las recomendaciones del Consejo Asesor sobre Abuso de Drogas (organismo oficial) que él presidía.
El nuevo estudio actualiza uno realizado por Nutt en 2007, que desató un debate por sugerir que el alcohol y el tabaco –disponibles y legales– eran más peligrosos que la marihuana y el LSD. En ese informe, el alcohol ocupaba el quinto lugar en peligrosidad. Y allí se pedía una reestructuración del sistema de clasificación de las drogas, pero los críticos cuestionaron los criterios utilizados para hacer la categorización.

La lista de las peores sustancias

1- Alcohol (72).
2- Heroína (55).
3- Crack (54).
4- Metanfetamina (33).
5- Cocaína (27).
6- Tabaco (26).
7- Anfetaminas (23).
8- Cannabis (20).
9- Acido gama- hidroxibutírico (18).
10- Benzodiazepinas (15).
11- Quetamina (15).
12- Metadona (14).
13- Mefedrona (13).
14- Butano (10).
15- Khat (9).
16- Extasis (9).
17- Esteroides (9).
18- LSD (7).
19- Buprenorfina (6).
20- Setas (5).



76 %. Es la prevalencia de consumo de alcohol en la población de entre 16 y 65 años, según cifras del INDEC.

Los boliches, los adolescentes y el alcohol

Los boliches, los adolescentes y el alcohol

DIARIO EL LITORAL DE SANTA FE  http://www.ellitoral.com/

Dr. Juan Carlos David

La epidemiología es la parte de la medicina que, en una definición poco académica pero práctica, estudia el porqué se enferman los pueblos, la causa de la enfermedad, y sugiere las maneras de paliarla. El pilar fundamental de dicha práctica es la llamada tríada ecológica, en la que sus vértices son: el ambiente, el huésped y el agente agresor.



Coincidiremos en que nos enfrentamos con una epidemia de abuso de alcohol (agente agresor) en los adolescentes (huésped), fundamentalmente en un medio que son los boliches y sus alrededores (ambiente).
Esa tríada explosiva es el porqué de las agresiones físicas (traumáticas o de índole sexual), de los accidentes automovilísticos, y de una buena parte de los embarazos no deseados.



Durante largo tiempo estudié la problemática siguiendo el método deductivo (de lo general a lo particular) pero cuando lo hacía al revés, el comentario de los padres de los adolescentes implicados en algún problema de los antes mencionados, era de incredulidad frente a la conducta de sus hijos. Obvio es que el primer análisis de dicha actitud es interpretarla como defensa natural de padres, pero ahondando me pregunté:

a) por qué cambia la actitud y conducta de un adolescente en un ambiente determinado, frente a la influencia de un agente (el alcohol), que en otro ambiente genera sueño, sopor o indolencia;

b) qué potencia la acción del alcohol cuando los adolescentes se encuentran en grupo (fundamentalmente de ambos sexos), que lleva a la pérdida de todos los valores morales y de crianza;

c) por qué las dos premisas planteadas anteriormente alcanzan su clímax en los boliches donde concurren a divertirse.

Se aclara que me refiero exclusivamente al alcohol, por ser dicha droga, en mi entender, el principal peligro para la juventud, y que ni sumando los peligros de las otras en su conjunto (excepto el paco) llegan a la mitad de sus consecuencias peligrosas.



La ironía de esta situación es que el ciudadano común, al ser una droga de uso universal y diario, la ha desplazado como riesgo personal o familiar, incorporándola a la mesa familiar, como se hace con la sal o el pan. Es justificado entonces que un adolescente (o preadolescente) no tome como riesgoso un hábito familiar tan arraigado. Incluso su iniciación se hace en dicha mesa familiar, siendo común el escuchar: “le pongo un poquito para cortar la soda” (si se trata de vino), o: “hacía tanto calor y la cerveza estaba tan fresca” (sic).

Pero el tema de este artículo, no está en el análisis del origen de las adicciones, fruto en gran parte de determinadas formas de crianza, ni de valorar cuál droga es la más peligrosa. Lo que nos interesa analizar es el ambiente mencionado anteriormente (los boliches) como incubadora de acciones que interesan y afectan a toda la comunidad. Es allí donde es posible una acción de gobierno destinada a controlar, o disminuir, la incidencia de esta epidemia.

Considero pueriles, o por lo menos insuficientes, las medidas respecto del horario de entrada o salida, así como hora determinada para el consumo de alcohol o energizantes (juntos son dinamita). Es más: pueriles, insuficientes e imposibles de controlar (nunca dictes una ley u ordenanza municipal que no puedas hacer cumplir).

El ser humano, cualquiera sea su edad, regula su equilibrio interior mediante un sistema nervioso denominado neurovegetativo. El equilibrio externo, el social, lo hace a través del sistema nervioso llamado de la vida de relación, a través de sus sentidos, oído, olfato, tacto, vista y gusto. Ellos, sumados a nuestro temperamento (innato) y a nuestra forma de crianza y educación, generan el carácter y nuestras conductas frente a nuestros semejantes viviendo en sociedad.



Cualquier elemento que altere nuestros sentidos perturbará nuestra conducta, pues son ellos los que nos relacionan con el medio. Esa perturbación puede exteriorizarse de diferentes maneras, relacionado con el ambiente en el que estamos o con las motivaciones internas de ese momento. Ejemplos: en el medio familiar, como somnolencia; entre amigos, con belicosidad; con mujeres, con aumento del deseo sexual.

El sexo femenino (en este momento peligrosamente adelante en la ingesta alcohólica) se comporta de igual manera (obviamente invirtiendo el género involucrado). Estos ejemplos deben ser tomados, por supuesto, con relatividad. Lo que no es relativo es el comportamiento de acuerdo al grado de alcoholemia: la primera fase es la denominada la fase de león: soy capaz de cualquier hazaña: conquisto como Brad Pitt, conduzco como Fangio, peleo como Monzón, etc. La segunda fase es la de cordero: soy bueno como la Madre Teresa, perdono a todos como el Papa, lloro por mis acciones indebidas, y la tercera es la del chancho: vomito, defeco y orino en cualquier parte. Cada una de las fases se alcanza y se potencian dependiendo de la tolerancia individual al alcohol y el uso o no de coadyuvantes, como las bebidas mal llamadas energizantes.

El ambiente de los boliches es exactamente igual en todos: pese a la ordenanza municipal sobre número de usuarios y metros cuadrados, están dispuestos de tal manera, que favorezca la fricción entre los cuerpos, ni hablar en la zona de baile (sentido del tacto agudizado).

Las luces merecen una consideración especial: al ser el sentido de la vista tal vez el fundamental en ese tipo de relación entre personas, es alterado por tres sistemas: intensidad, alternancia de ubicación y colores, siempre en un ambiente de penumbra uniforme como base fundamental. Con ello se consigue confusión de imágenes y por ende mental. El ruido generado (algunas veces también la música propalada) arremete contra el sentido de la audición, alterando también el de los vecinos al boliche. Finalmente el sentido del olfato agredido por el humo, los perfumes y olores afines, funciona como frutilla del postre. Todo lo antes dicho, contribuye en su deliciosa mezcla, a que el más sobrio y educado de los parroquianos, se convierta en personaje digno de páginas policiales.



¿Cuál sería (a mi entender) un procedimiento correcto para siquiera moderar las consecuencias de soberano cóctel?

1) Consenso intermunicipal y comunal sobre las medidas a adoptar (para evitar migraciones).

2) Catalogar los boliches (para correcta información de los padres) en tres categorías: A; B, y C.

Categoría A: ambiente libre de alcohol y energizantes, iluminación de base correcta, sonorización acorde. Ambiente libre de humo, con espacio de baile adecuado al numero de admitidos. Edad de admisión de l3 a l6 años.

Categoría B: expendio de alcohol en horario determinado, persistiendo la prohibición de energizantes. Iluminación y sonorización, de acuerdo a normas escritas. Edad de admisión de l6 años en adelante.

Categoría C: límite mínimo de edad: 18 años. Sin límites de nivel lumínico, pero sí sonoro.

Obvio es que no se especifican la cuantificación de nivel lumínico, ni decibeles, por desconocimiento del autor de esta nota. Lo que sí creo, es que puede desarrollarse un monitor automático, inviolable, que permita la detección de una violación a la norma.

El expendio de alcohol en la categoría que lo prohíbe, es fácilmente verificable. Aparte de sus ventajas, permitirá también a los padres saber adónde van sus hijos a divertirse, y autorizarlo o no de acuerdo a su sapiencia.

Soy, en todo lo concerniente a delitos de cualquier tipo provocado por adolescentes, partidario de la corresponsabilidad de los padres, variando el grado de la misma de acuerdo a la equidad del juez, pero imponiendo penas a los mismos.

Uno de los grafitis del mayo francés, decía “Prohibido prohibir”. Con esta categorización propuesta, damos a los adolescentes y a los padres la oportunidad de elegir, si su deseo es solamente de diversión, o subyace otra intención encubierta

América Latina

PUBLICADO POR  http://www.servindi.org

Por Alberto Acosta

El Buen Vivir (sumak kausay) tiene que ver con otra forma de vida, con una serie de derechos y garantías sociales, económicas y ambientales. Los principios orientadores del régimen económico deben promover una relación armoniosa entre los seres humanos individual y colectivamente, así como con la Naturaleza.

Lo que se busca es una convivencia sin miseria, sin discriminación, con un mínimo de cosas necesarias y sin tener a éstas como la meta final. El concepto del Buen Vivir no solo tiene un anclaje histórico en el mundo indígena, se sustenta también en algunos principios filosóficos universales: aristotélicos, marxistas, ecologistas, feministas, cooperativistas, humanistas…

(…)“Ya lo ves, señor Nicetas -dijo Baudolino-, cuando no era presa de las tentaciones de este mundo, dedicaba mis noches a imaginar otros mundos. Un poco con la ayuda del vino, y un poco con la de la miel verde. No hay nada mejor que imaginar otros mundos para olvidar lo doloroso que es el mundo en que vivimos. Por lo menos, así pensaba yo entonces. Todavía no había entendido que, imaginando otros mundos, se acaba por cambiar también éste”. (Humberto Eco)




El Buen Vivir, una oportunidad para el mundo.

En muchas regiones del mundo, sobre todo en los países andinos Bolivia y Ecuador, uno de los puntos medulares del debate es el cuestionamiento al régimen de desarrollo imperante. Y en ese contexto aparecen diversas propuestas desde las mismas comunidades ancestrales, enriquecidas por las luchas de resistencia de las últimas décadas, orientadas a cambiar el rumbo de la historia.

En la Asamblea Constituyente de Montecristi, uno de los puntos medulares del debate fue el cuestionamiento al régimen de desarrollo imperante. La discusión avanzó hacia propuestas que recogen elementos planteados dentro y aún fuera del país. Allí, desde la visión de los marginados por la historia de los últimos 500 años, se planteó el Buen Vivir o Sumak Kausay (en kichwa) como una oportunidad para construir otra sociedad sustentada en una convivencia ciudadana en diversidad y armonía con la Naturaleza (1), a partir del reconocimiento de los valores culturales existentes en el país y en el mundo. Con esta declaración, una Constitución “por primera toma un concepto de tradiciones indígenas como base para el ordenamiento y legitimación de la vida política”. Al asumir el Buen Vivir “el sentido de un objetivo general hacia el cual se orienta la vida económica, política, social y cultural”, se empezó a desmontar, “el poder colonial” (David Cortez). Una concepción que, además, desnuda los errores y las limitaciones de las diversas teorías del llamado desarrollo.

La pregunta que cabe en este punto es si será posible y realista intentar un desarrollo diferente dentro del capitalismo. Se entiende un desarrollo impulsado por la vigencia de los Derechos Humanos (políticos, sociales, culturales, económicos) y los Derechos de la Naturaleza, como base de una economía solidaria. ¿Seguirá siendo acaso el desarrollo un fantasma que nos continúe atormentando o una utopía que nos oriente? Es más, ¿será necesario superar el concepto de desarrollo y adentrarnos en una nueva época, en la del postdesarrollo?

La propuesta del Buen Vivir, que cuestiona el llamado desarrollo en tanto concepto holístico que supera el economicismo y que atraviesa transversalmente toda la Constitución ecuatoriana, fue motivo de diversas interpretaciones en la Asamblea Constituyente y en la sociedad. Recordemos que primó el desconocimiento e incluso el temor en ciertos sectores. Algunos asambleístas, contando con el eco perturbador de gran parte de una prensa mediocre e interesada en el fracaso de la Constituyente, acostumbrados a verdades indiscutibles, clamaban por concreciones definitivas. Para otros, el Buen Vivir, al que lo entendían ingenuamente como una despreocupada y hasta pasiva dolce vita, les resultaba inaceptable. No faltaron algunos, temerosos de perder sus privilegios, que no dudaron en anticipar que con el Buen Vivir se proponía el retorno a la época de las cavernas. Inclusive algunos que alentaron con su voto este principio fundacional de la Constitución de Montecristi, al parecer no tenían clara la trascendencia de esta decisión… Y unos cuantos, opuestos desde una izquierda autista, se aferraron a tradicionales conceptos de cambio, en realidad huecos, carentes de trascendencia al no haber sido cristalizados en la práctica de las luchas sociales.

En las comunidades indígenas tradicionalmente no existía la concepción de un proceso lineal que establezca un estado anterior o posterior, tal como nos recuerda el indígena amazónico Carlos Viteri Gualinga. El ha confrontado los temas del llamado desarrollo con experiencias del Buen Vivir, recuperadas de experiencias concretas de algunas comunidades amazónicas especialmente. No hay aquella visión de un estado de subdesarrollo a ser superado. Y tampoco un estado de desarrollo a ser alcanzado. No existe, como en la visión occidental, esta dicotomía que explica y diferencia gran parte de los procesos en marcha. Los pueblos indígenas tampoco tenían la concepción tradicional de pobreza asociada a la carencia de bienes materiales o de riqueza vinculada a su abundancia. El Buen Vivir aparece como una categoría en la filosofía de vida de las sociedades indígenas ancestrales, que ha ido perdiendo terreno por efecto de las diversas prácticas y mensajes de la modernidad occidental. Su aporte, sin embargo, sin llegar a una equivocada idealización del modo de vida indígena, nos invita a asumir otros “saberes” y otras posibilidades.

La visión andina, empero, no es la única fuente de inspiración para impulsar el Buen Vivir. Desde círculos de la cultura occidental se levantan cada vez más voces que podrían estar de alguna manera en sintonía con esta visión indígena y viceversa. En el mundo se comprende, paulatinamente, la inviabilidad global del estilo de vida dominante. Además, el concepto del Buen Vivir no solo tiene un anclaje histórico en el mundo indígena, se sustenta también en algunos principios filosóficos universales: aristotélicos, marxistas, ecologistas, feministas, cooperativistas, humanistas…
Frente a los devastadores efectos de los cambios climáticos, se plantean transformaciones profundas para que la humanidad pueda escapar de los graves riesgos ecológicos y sociales en ciernes. El crecimiento material sin fin podría culminar en un suicidio colectivo, tal como parece augurar el mayor recalentamiento de la atmósfera o el deterioro de la capa de ozono, la pérdida de fuentes de agua dulce y creciente contaminación, la erosión de la biodiversidad agrícola y silvestre, la degradación de suelos o la propia desaparición de espacios de vida de las comunidades locales…

Para empezar el concepto mismo de crecimiento económico debe ser reubicado en una dimensión adecuada, tal como lo recomienda Amartya Sen, Premio Nobel de Economía. Crecimiento económico no es sinónimo de desarrollo. Por lo tanto, no es la única vía a la que debería darse necesariamente prioridad. Incluso a escala global, la concepción del crecimiento basado en inagotables recursos naturales y en un mercado capaz de absorber todo lo producido, no ha conducido al desarrollo. Lo que se observa -como señala José María Tortosa, uno de los mayores sociólogos europeos-, es un “mal desarrollo” generalizado, inclusive en los países considerados como desarrollados.

Eso no es todo, a más de no obtener el bienestar material, se están afectando la seguridad, la libertad, la identidad de los seres humanos. Ese maldesarrollo, generado desde arriba, sea desde los gobiernos centrales y sus empresas transnacionales, o desde las élites dominantes a nivel nacional en los países empobrecidos, tan propio del sistema capitalista, implica entonces una situación de complejidades múltiples que no pueden ser explicadas a partir de versiones monocausales. Por ello está también en cuestión aquella clasificación de países desarrollados y subdesarrollados, tanto como el mismo concepto de desarrollo tradicional. Y, por cierto, aquella lógica del progreso entendida como la acumulación permanente de bienes materiales.

En esta línea de reflexión, sobre todo desde la vertiente ambiental, podríamos mencionar los reclamos de cambio en la lógica del desarrollo, cada vez más urgentes, de varios pensadores de gran valía, como fueron o son aún: Ernest Friedrich Schumacher, Nicholas Georgescu-Roegen, Iván Illich, Arnes Naess, Herman Daly, Vandana Shiva, José Manuel Naredo, Joan Martínez Alier, Roberto Guimaraes, Eduardo Gudynas, entre otros. Sus cuestionamientos a las estrategias convencionales se nutren de una amplia gama de visiones, experiencias y propuestas extraídas de diversas partes del planeta, inclusive algunas desde la misma civilización occidental. Son conscientes, por lo demás, de los límites físicos existentes. Sus argumentos prioritarios son una invitación a no caer en la trampa de un concepto de “desarrollo sustentable” o “capitalismo verde” que no afecte la revalorización del capital. También alertan sobre los riesgos de una confianza desmedida en la ciencia, en la técnica. En definitiva, estos pensadores cuestionan la idea tradicional del progreso material acumulativo e indefinido, y para superarlo proponen nuevas formas de organización de la vida misma.

La búsqueda de estas nuevas formas de vida implica revitalizar la discusión política, ofuscada por la visión economicista sobre los fines y los medios. Al endiosar la actividad económica, particularmente al mercado, se han abandonado muchos instrumentos no económicos, indispensables para mejorar las condiciones de vida. La resolución de los problemas exige una aproximación multidisciplinaria.

Buen Vivir para todos, no “dolce vita” para pocos

De ninguna manera es aceptable un estilo de vida cómoda para grupos reducidos de la población del planeta, mientras el resto, una gran mayoría, sostiene los privilegios de aquel segmento privilegiado e incluso opresor. Esta es la realidad del régimen de desarrollo actual, una realidad propia del sistema capitalista.
El capitalismo ha demostrado una gran capacidad productiva. Ha podido dar lugar a progresos tecnológicos sustanciales y sin precedentes. Ha conseguido incluso reducir la pobreza en varios países. Sin embargo, produce también procesos sociales desiguales entre los países y dentro de ellos. Sí, se crea riqueza, pero son demasiadas las personas que no participan de sus beneficios.

Aquí cobra renovado vigor la propuesta de Amartya Sen, para quien el “poder de crear riqueza” equivaldría a la posibilidad de “ampliación de las capacidades” del ser humano. No cuentan tanto las riquezas o sea las cosas que las personas puedan producir durante sus vidas, sino lo que las cosas hacen por la vida de las personas. Según él, “el desarrollo debe preocuparse de lo que la gente puede o no hacer, es decir si pueden vivir más, escapar de la morbilidad evitable, estar bien alimentados, ser capaces de leer, escribir, comunicarse, participar en tareas literarias y científicas, etc. En palabras de Marx, se trata de ‘sustituir el dominio de las circunstancias y el azar sobre los individuos, por el dominio de los individuos sobre el azar y las circunstancias’”.

Lo que se busca es una convivencia sin miseria, sin discriminación, con un mínimo de cosas necesarias y sin tener a éstas como la meta final. Esto conduce, por cierto, a una redistribución de esas cosas acumuladas en pocas manos. Esta es, a no dudarlo, una visión que nos ayuda para la construcción del Buen Vivir.

Por este motivo resulta inapropiado y altamente peligroso aplicar el paradigma del desarrollo al menos tal y como es concebido en el mundo occidental. No sólo que este paradigma no es sinónimo de bienestar para la colectividad, sino que está poniendo en riesgo la vida misma de la humanidad. El Buen Vivir, entonces, tiene una trascendencia mayor a la sola satisfacción de necesidades y acceso a servicios y bienes. En este contexto, desde la filosofía del Buen Vivir se precisa cuestionar el tradicional concepto de desarrollo sustentado en la visión clásica del progreso: La acumulación permanente de bienes materiales no tiene futuro. Desde esa perspectiva, al tan trillado desarrollo sustentable habría que aceptarlo a lo más como una etapa de tránsito hacia un paradigma distinto al capitalista, en el que serían intrínsecas las dimensiones de equidad, libertad e igualdad, incluyendo por supuesto la sustentabilidad ambiental.

El desarrollo, mejor digámoslo un renovado concepto de desarrollo, visto desde esta perspectiva -planteada por connotados tratadistas latinoamericanos Aníbal Quijano, Manfred Max-Neef, Antonio Elizalde, Jürgen Schuldt, José Luís Coraggio, entre otros- implica la expansión de las potencialidades individuales y colectivas, las que hay que descubrir y fomentar. No hay que desarrollar a la persona, la persona tiene que desarrollarse. Para lograrlo, como condición fundamental, cualquier persona ha de tener las mismas posibilidades de elección, aunque no tenga los mismos medios. El Estado corregirá las deficiencias del mercado y actuará como promotor del desarrollo, en los campos que sea necesario. Y si el desarrollo exige la equidad y la igualdad, éstas sólo serán posibles con democracia -no un simple ritual electoral- y con libertad de expresión, verdaderas garantías para la eficiencia económica y el logro del Buen Vivir, en tanto camino y en tanto objetivo.

El Buen Vivir, más que una declaración constitucional en Bolivia y Ecuador, se presenta, entonces, como una oportunidad para construir colectivamente un nuevo régimen de desarrollo, digámoslo más claramente, una nueva forma de vida. El Buen Vivir constituye un paso cualitativo importante al pasar del desarrollo sustentable y sus múltiples sinónimos, a una visión diferente, mucho más rica en contenidos y por cierto más compleja.

Su realidad, entonces, no se refleja simplemente en una sumatoria de artículos constitucionales en donde se menciona el Buen Vivir. Inclusive es mucho más que la posibilidad de introducir cambios estructurales a partir del cumplimiento de los diferentes artículos constitucionales en donde se aborda expresamente o no el Buen Vivir. Esta propuesta, siempre que sea asumida activamente por la sociedad, en tanto recepta las propuestas de los pueblos y nacionalidades indígenas, así como de amplios segmentos de la población, puede proyectarse con fuerza en los debates de transformación que se desarrollan en el mundo. Dicho en otros términos, la discusión sobre el Buen Vivir no puede circunscribirse a las realidades andinas.

El Buen Vivir, en definitiva, tiene que ver con otra forma de vida, con una serie de derechos y garantías sociales, económicas y ambientales. También está plasmado en los principios orientadores del régimen económico, que se caracterizan por promover una relación armoniosa entre los seres humanos individual y colectivamente, así como con la Naturaleza. En esencia busca construir una economía solidaria, al tiempo que se recuperan varias soberanías como concepto central de la vida política del país y de la región.

Igualmente, con esta propuesta del Buen Vivir, al cuestionar los tradicionales conceptos del llamado desarrollo, se convoca a construir sistemas de indicadores propios. Estos nuevos indicadores constituyen una gran oportunidad no sólo para denunciar las limitaciones y falacias de los sistemas de indicadores dominantes, que recrean permanentemente nuevas inequidades e incertidumbres, sino que, al discutir metodologías para calcular de otra manera y con renovados contenidos otros índices de otro desarrollo (es decir, del Buen Vivir), se avanzará en el diseño de nuevas herramientas para intentar medir cuán lejos o cuán cerca estamos de la construcción democrática de sociedades democráticas y sustentables.

Con el Buen Vivir se pretende buscar opciones de vida digna y sustentable, que no representen la reedición caricaturizada del estilo de vida occidental y menos aún sostener estructuras signadas por una masiva inequidad social y ambiental. Mientras que, por otro lado, habrá que incorporar criterios de suficiencia antes que sostener la lógica de la eficiencia entendida como la acumulación material cada vez más acelerada (frente a la cual se rinde la democracia, como reconoce certeramente Boaventura de Sousa Santos).

Desde esa perspectiva, el Buen Vivir, en tanto nueva forma de vida en construcción y como parte inherente de un Estado plurinacional, propone incluso una nueva arquitectura conceptual. Es decir, se requieren conceptos, indicadores y herramientas propias, que permitan hacer realidad esa nueva forma de vida equilibrada entre todos los individuos y las colectividades, con la sociedad y con la Naturaleza.

En general en todos los espacios del convivir humano se precisa desbrozar la maleza de términos y conceptos manoseados y desvirtuados de su real contenido. Con la consolidación del capitalismo, cuando se produjo el divorcio entre economía y Naturaleza, al ser humano, a la sociedad y a la misma Naturaleza se les instrumentó como simples herramientas de producción. Eso se replica en el ámbito de las políticas sociales en donde se habla de usuarios e incluso de clientes de las mismas, eliminando la característica básica sobre la que deberían desarrollarse: la ciudadanía, con derechos y deberes, en un contexto colectivo. La lista de conceptos y palabras manipuladas es enorme. Eso nos conmina a recuperar incluso la soberanía conceptual, pues las palabras, para coincidir con el pensador uruguayo Gudynas, no pueden ser asumidas como inofensivas.

La Naturaleza en el centro del debate



La acumulación material -mecanicista e interminable de bienes-, apoltronada en “el utilitarismo antropocéntrico sobre la Naturaleza”- al decir de Gudynas-, no tiene futuro. Insistamos, los límites de estilos de vida sustentados en esta visión ideológica del progreso clásico son cada vez más notables y preocupantes. Los recursos naturales no pueden ser vistos como una condición para el crecimiento económico, como tampoco pueden ser un simple objeto de las políticas de desarrollo. Y por cierto no se puede olvidar que lo humano se realiza (o debe realizarse) en comunidad; con y en función de otros seres humanos, sin pretender dominar a la Naturaleza.

Esto nos conduce a aceptar que la Naturaleza, en tanto una construcción social, es decir término conceptualizado por los seres humanos, debe ser reinterpretada y revisada íntegramente. Para empezar la humanidad no está fuera de la Naturaleza.

La visión dominante, que pretende ver al ser humano por fuera de la Naturaleza, incluso al definirla como Naturaleza sin considerar a la humanidad como parte integral de la misma, abrió la puerta para dominarla y manipularla. Sir Francis Bacon (1561 – 1626), célebre filósofo renacentista, conminaba a que “la ciencia torture a la Naturaleza, como lo hacía el Santo Oficio de la Inquisición con sus reos, para conseguir develar el último de sus secretos…”.

Siglos después, Alejandro von Humboldt, en su histórico recorrido por tierras americanas, hace más de doscientos años, se quedó maravillado por la geografía, la flora y la fauna de la región. Cuentan que veía a sus habitantes como si fueran mendigos sentados sobre un saco de oro, refiriéndose a sus inconmensurables riquezas naturales no aprovechadas.

El mensaje de Humboldt encontró una interpretación práctica en el renombrado libro de David Ricardo (1772 – 1823), “Principios de Economía Política y Tributación”. Allí, él recomendaba que un país debía especializarse en la producción de aquellos bienes con ventajas comparativas o relativas, y adquirir de otro aquellos bienes en los que tuviese una desventaja comparativa. Según él, Inglaterra, en su ejemplo, debía especializarse en la producción de telas y Portugal en vino… Sobre esta base se construyó la base fundamental del comercio exterior, sin mencionar que se trataba de una imposición imperial.

Esta división del trabajo aparece en el acuerdo de Methuen(2) firmado en Lisboa el 27 de diciembre de 1703 entre Portugal e Inglaterra. En dicho acuerdo se establecía que los portugueses comprarían paños y productos textiles a Inglaterra y, como contrapartida, los británicos concederían trato de favor (exenciones tributarias, menos aranceles portuarios…) a los vinos procedentes de Portugal. Los ingleses se aseguraron para sus textiles, base de su naciente poderio industrial, el mercado de Portugal y sus colonias.

Conseguida la Independencia de España los países de América Latina siguieron exportando recursos naturales, es decir Naturaleza, pues esa había sido la especialización impuesta en la colonia. Y esta visión de dominación sobre la Naturaleza se mantiene vigente hasta hoy día en muchos sectores de la sociedad, sobre todo a nivel gubernamental, inclusive en los considerados como regímenes progresistas de la región. El presidente ecuatoriano, Rafael Correa, ante los racionamientos de energía eléctrica provocados por el prolongado estiaje y la ausencia de respuestas oportunas, considerándolos como el producto de una adversidad ambiental, declaró públicamente en una de sus alocuciones sabatinas, que “si la Naturaleza con esta sequía se opone a la revolución ciudadana, lucharemos y juntos la venceremos, tengan la seguridad” (7 de noviembre 2009).

Incluso la ilusión del extractivismo, plasmado hace más de dos siglos por Alejandro von Humboldt, está vigente. El presidente Correa, en su informe a la nación, el 15 de enero del año 2009, para defender la Ley de Minería usó la misma metáfora que el connotado naturalista y geógrafo alemán:

“No daremos marcha atrás en la Ley de Minería, porque el desarrollo responsable de la minería es fundamental para el progreso del país. No podemos sentarnos como mendigos en el saco de oro”. (3)

La Naturaleza fue y sigue transformada en recursos naturales e incluso en “capital natural” a ser explotado, domado y controlado. Cuando, en realidad, la Naturaleza hasta podría existir sin seres humanos…

Para empezar a enfrentar este añejo mensaje, sostenido en un divorcio profundo de la economía y la Naturaleza, hay que rescatar las verdaderas dimensiones de la sustentabilidad. Esta exige una nueva ética para organizar la vida misma. Se precisa reconocer los límites físicos del desarrollo convencional. Un paso clave esta dirección, los objetivos económicos deben estar subordinados a las leyes de funcionamiento de los sistemas naturales, sin perder de vista el respeto a la dignidad humana y la mejoría de la calidad de vida de las personas. El crecimiento económico es apenas un medio, no un fin.

Estos planteamientos ubican con claridad por donde debería marchar la construcción de una nueva forma de organización de la sociedad, si realmente ésta pretende ser una opción de vida, en tanto respeta la Naturaleza. En la Constitución ecuatoriana del año 2008, al reconocer los Derechos de la Naturaleza y sumarle el derecho a ser restaurada cuando ha sido destruida, se dio un paso sustantivo. Igualmente trascendente fue la incorporación del término Pacha Mama, como sinónimo de Naturaleza, en tanto reconocimiento de plurinacionalidad e interculturalidad.

Estos Derechos de la Naturaleza fueron y son vistos aún como un “galimatías conceptual”. A los conservadores del derecho (¿defensores de los privilegios de las oligarquías?), en esencia incapaces de entender los cambios en marcha, les resulta difícil comprender que el mundo está en movimiento permanente. A lo largo de la historia legal, cada ampliación de los derechos fue anteriormente impensable.

La emancipación de los esclavos o la extensión de los derechos civiles a los afroamericanos, a las mujeres y a los niños y niñas fueron una vez rechazadas por las autoridades por ser consideradas como un absurdo. Para abolir la esclavitud se requería que se reconozca “el derecho de tener derechos” y se requería también un esfuerzo político para cambiar aquellas leyes que negaban esos derechos.

La liberación de la Naturaleza de esta condición de sujeto sin derechos o de simple objeto de propiedad, exige un esfuerzo político que reconozca a la Naturaleza como sujeto de derechos. Este aspecto es fundamental si aceptamos que, como afirmaba Arnes Naess, el padre de la ecología profunda, “todos los seres vivos tienen el mismo valor”. Esta lucha de liberación es, ante todo, un esfuerzo político que empieza por reconocer que el sistema capitalista destruye sus propias condiciones biofísicas de existencia.

Dotarle de Derechos a la Naturaleza significa, entonces, alentar políticamente su paso de objeto a sujeto, como parte de un proceso centenario de ampliación de los sujetos del derecho, como recordaba ya en 1988 Jörg Leimbacher, jurista suizo. Lo central de los Derechos de la Naturaleza, de acuerdo al mismo Leimbacher, centra la atención en el “derecho a la existencia” de los propios seres humanos. Un derecho que ya fue recogido por Italo Calvino en el siglo XIX, como consecuencia de la Revolución Francesa, cuando el barón Cosimo Piovasco de Rondò, conocido como “el barón de los árboles”, propuso un “proyecto de Constitución para un ente estatal republicano con la Declaración de los Derechos Humanos, de los derechos de las mujeres, de los niños, de los animales domésticos y de los animales salvajes, incluyendo pájaros, peces e insectos, así como plantas, sean éstas árboles o legumbres y yerbas”. (4)

La tarea, al decir de Roberto Guimaraes es organizar la economía preservando la integridad de los procesos naturales, garantizando los flujos de energía y de materiales en la biosfera, sin dejar de preservar la biodiversidad del planeta. Gudynas es claro al respecto, hay que transitar del actual antropocentrismo al biocentrismo.

No será fácil cristalizar estas transformaciones. Sobre todo en la medida que éstas afectan los privilegios de los círculos de poder nacionales y transnacionales, que harán lo imposible para tratar de detener este proceso de cambios. Una situación que, lamentablemente, también se nutre de algunas acciones y decisiones del gobierno de Rafael Correa, quien alentó con entusiasmo el proceso constituyente y la ratificación popular de la Constitución de Montecristi. Su gobierno y su bloque parlamentario no inician aún la conformación de un Estado plurinacional y con la aprobación de algunas leyes, por ejemplo la ley de minería o la ley de soberanía alimentaria expedidas en el año 2009, en una suerte de contrarevolución legal, atentan contra varios de los principios constitucionales.

Este conflicto, aunque pueda sorprender a algunos, puede ser positivo para la sociedad, en tanto convoca a la acción organizada de amplios sectores de la misma. Aceptemos que los avances constitucionales fueron logrados por la lucha de diversas organizaciones sociales y que no son dádiva de ningún individuo. Entonces, como parte de la construcción colectiva de un nuevo pacto de convivencia social y ambiental, es necesario construir nuevos espacios de libertad y romper todos los cercos que impiden su vigencia.

Por eso, en forma pionera a nivel mundial, en la nueva Constitución se ha establecido que la Naturaleza es sujeto de derechos. Esta definición enfrenta la actual crisis civilizatoria, cuando ya se ve la imposibilidad de continuar con el modelo industrialista y depredador basado en la lucha de los humanos contra la Naturaleza. No va más la identificación del bienestar y la riqueza como acumulación de bienes materiales, con las consecuentes expectativas de crecimiento y consumo ilimitados. En este sentido es necesario reconocer que los instrumentos disponibles para analizar estos asuntos ya no sirven. Son instrumentos que naturalizan y convierten en inevitable lo existente. Son conocimientos de matriz colonial y eurocéntrica, que pretenden convencer de que este patrón civilizatorio es natural e inevitable, como acertadamente afirma el venezolano Edgardo Lander.

Al reconocer a la Naturaleza como sujeto de derechos, en la búsqueda de ese necesario equilibrio entre la Naturaleza y las necesidades y derechos de los seres humanos, enmarcados en el principio del Buen Vivir, se supera la clásica versión constitucional. Y para lograrlo nada mejor que diferenciar los Derechos Humanos de los Derechos de la Naturaleza, tal como lo plantea Gudynas.

En los Derechos Humanos el centro está puesto en la persona. Se trata de una visión antropocéntrica. En los derechos políticos y sociales, es decir de primera y segunda generación, el Estado le reconoce a la ciudadanía esos derechos, como parte de una visión individualista e individualizadora de la ciudadanía. En los derechos económicos, culturales y ambientales, conocidos como derechos de tercera generación, se incluye el derecho a que los seres humanos gocen de condiciones sociales equitativas y de un medioambiente sano y no contaminado. Se procura evitar la pobreza y el deterioro ambiental que impacta negativamente en la vida de las personas.

Los derechos de primera generación se enmarcan en la visión clásica de la justicia: imparcialidad ante la ley, garantías ciudadanas, etc. Para cristalizar los derechos económicos y sociales se da paso a la justicia re-distributiva o justicia social, orientada a resolver la pobreza. Los derechos de tercera generación configuran, además, la justicia ambiental, que atiende sobre todo demandas de grupos pobres y marginados en defensa de la calidad de sus condiciones de vida afectada por destrozos ambientales. En estos casos, cuando hay daños ambientales, los seres humanos pueden ser indemnizados, reparados y/o compensados.

En los Derechos de la Naturaleza el centro está puesto en la Naturaleza. La Naturaleza vale por sí misma, independientemente de la utilidad o usos del ser humano, que forma parte de la Naturaleza. Esto es lo que representa una visión biocéntrica. Estos derechos no defienden una Naturaleza intocada, que nos lleve, por ejemplo a dejar de tener cultivos, pesca o ganadería. Estos derechos defienden mantener los sistemas de vida, los conjuntos de vida. Su atención se fija en los ecosistemas, en las colectividades, no en los individuos. Se puede comer carne, pescado y granos, por ejemplo, mientras me asegure que quedan ecosistemas funcionando con sus especies nativas.

A los Derechos de la Naturaleza se los llama derechos ecológicos para diferenciarlos de los derechos ambientales de la opción anterior. En la nueva Constitución ecuatoriana -no así en la boliviana- estos derechos aparecen en forma explícita como Derechos de la Naturaleza, así como también en tanto derechos para proteger las especies amenazadas y las áreas naturales o restaurar las áreas degradadas.

En este campo, la justicia ecológica pretende asegurar la persistencia y sobrevivencia de las especies y sus ecosistemas, como conjuntos, como redes de vida. Esta justicia es independiente de la justicia ambiental. No es de su incumbencia la indemnización a los humanos por el daño ambiental. Se expresa en la restauración de los ecosistemas afectados. En realidad se deben aplicar simultáneamente las dos justicias: la ambiental para las personas, y la ecológica para la Naturaleza.

Siguiendo con las reflexiones de Gudynas, los Derechos de la Naturaleza necesitan y la vez originan otro tipo de definición de ciudadanía, que se construye en lo social pero también en lo ambiental. Ese tipo de ciudadanías son plurales, ya que dependen de las historias y de los ambientes, acogen criterios de justicia ecológica que superan la visión tradicional de justicia.(5)

De los Derechos de la Naturaleza se derivan decisiones trascendentales en la Constitución ecuatoriana. Uno clave tiene que ver con procesos de desmercantilización de la Naturaleza, como han sido la privatización del agua o la introducción de criterios mercantiles para comercializar los servicios ambientales.(6)

El agua, para mencionar un tema, es asumida como un derecho humano fundamental, que cierra la puerta a su privatización; en concreto se reconoce el agua como patrimonio nacional estratégico de uso público, dominio inalienable e imprescriptible del Estado, en tanto constituye un elemento vital para la Naturaleza y para la existencia de los seres humanos; así la Constitución plantea prelaciones en el uso del agua: consumo humano, riego para la producción de alimentos, caudal ecológico y actividades productivas, en ese orden.

La soberanía alimentaria, que incorpora la protección del suelo y el uso adecuado del agua, que representa un ejercicio de protección a los millares de campesinos que viven de su trabajo, se transforma en eje conductor de las políticas agrarias e incluso de recuperación del verdadero patrimonio nacional: su biodiversidad. Incluso se plasma aquí la necesidad de conseguir la soberanía energética, sin poner en riesgo la soberanía alimentaria o el equilibrio ecológico.

En suma, está en juego el Buen Vivir, base del Estado plurinacional e intercultural, relacionado estrechamente con los Derechos de la Naturaleza. Y estos derechos nos conminan a construir democráticamente sociedades sustentables, a partir de ciudadanías plurales pensadas también desde lo ambiental.

viernes, 16 de mayo de 2014

La delincuencia juvenil, la ciudad y los “negros”

La delincuencia juvenil,
la ciudad y los “negros”

Osvaldo Agustín Marcón

DIARIO EL LITORAL DE SANTA FE http://www.ellitoral.com/

Muchas veces se ha dicho que afortunadamente la Argentina no necesita lidiar con las conductas racistas observables en otras sociedades. Dicha afirmación integra el imaginario colectivo e inclusive tiene asidero en ámbitos académicos y políticos. Sin embargo, cualquier ciudadano más o menos atento advierte que en las últimas décadas se ha acentuado notoriamente el rechazo de unos grupos sociales hacia otros. En la verba cotidiana, y aunque no excluyentemente, esto aparece en la expresión “los negros”, con la cual unos ciudadanos se refieren y, simultáneamente, diferencian de otros a quienes desprecian.

Como sabemos, el racismo no necesariamente está vinculado con la de por sí polémica identificación de razas humanas sino que -más usualmente- se relaciona con variadas mecánicas discriminatorias. La categoría “negros”, en este caso, no es utilizada para designar a los integrantes de la raza negra, y ni siquiera a los emergentes de los distintos mestizajes aun cuando la mayoría de los así designados podrían allí ser incluidos. Más bien tal denominación refiere a los pobres (*) a quienes inclusive, por lo común, se los presume malos. Es difícil que estos pobres, catalogados como “negros”, puedan ser considerados buenos. Los pobres buenos integran otros grupos, caracterizados por sus dóciles comportamientos, sin desarrollar resistencias que lesionen directamente los patrones de orden y progreso admirados por los “no-negros”. Y aun menos buenos son “los negros” cuando logran niveles básicos de organización para la acción, ante lo cual suelen ser descalificados de peor manera.

En esta cuestión, aparece una clave central para el desarrollo social pues es indispensable el logro de satisfactorios niveles de integración sociocultural que permitan proyectar formas de vida para todos. Como en todo proceso de negociación, esto exige renunciamientos que culminen en una síntesis superadora. En esto, subyacen profundos significados que vienen siendo objeto de preocupación desde las Ciencias Sociales porque indican importantes movimientos a nivel de estructura social.

Ahora bien: los actos delictivos cometidos por ciudadanos menores de edad se dan en medio de este conflicto entre “negros” y “no-negros” lo que, claro está, no significa que todos los pobres (o “negros”) son delincuentes. No obstante, y en relación con esto último, es evidente que entre “negros” y delincuencia, existen algunas correlaciones a atender pues de otro modo no se explica por qué la privación de libertad recae de manera casi sistemática sobre este sector poblacional. En relación con todo esto subrayemos otro aspecto: no puede sostenerse estadísticamente el supuesto según el cual los que delinquen son siempre los mismos (es decir: siempre los mismos apellidos) pues si así fuera, en el caso de la ciudad de Santa Fe, el escenario sería catastrófico. Por el contrario, existe un modelo de desarrollo que lleva consigo la capacidad de renovar sistemáticamente este tipo de conductas y, por ende, de construir día tras día nuevos artífices de las mismas aun cuando existe obviamente- un grupo relativamente chico de reincidentes. Vale insistir: no son siempre los mismos sino que la realidad social promociona constantemente nuevas versiones de estas conductas.

Aquí es donde se advierten dimensiones muy concretas de la aludida integración sociocultural como problemática estructural. Ni única ni absoluta, pero sí constitutiva de aquellos hechos que luego se piensan como delitos sin historia, mágicamente sucedidos o, peor aún, suponiendo que se trata de unos “negros” que deciden libremente arriesgar su libertad y su vida a cambio de un teléfono celular o una bicicleta que pueden robar en las calles de la ciudad, sin más. Es por ello que la ciudad es uno de los continentes en los que convendría promover dicha amalgama sociocultural, acordando qué niveles de conflictividad se pueden tolerar y qué mecanismos utilizar para resolverla, todo en un marco de diversidad organizada.

A título ilustrativo, recordemos que aquella firme tendencia a controlar rápidamente el conflicto emocional mediante el mote de “negros” viene repitiéndose por ejemplo- ante diversas experiencias de ordenamiento territorial, terminología gubernamental que en sí misma llama la atención por la significación que suele adquirir el término territorio, muy proclive a ser utilizado como sinónimo de mero terreno. Si hemos planteado la necesidad en términos de integración sociocultural, es aclarando que ella no debe ser confundida con operaciones de simple deslocalización y localización geográfica. Todo ordenamiento debería tener en cuenta la centralidad de la integración sociocultural bajo riesgo de alimentar la agresividad subyacente en la referida denominación de unos contra otros.

Aunque en distintas proporciones los mencionados renunciamientos deberían ser asumidos por todos los barrios. Históricamente, han sido importantes las inversiones que beneficiaron a unos en detrimento de otros configurándose una injusta distribución de los distintos capitales disponibles (sociales, culturales, económicos, etc). Ello se advierte fácilmente, por ejemplo, si se observa el equipamiento comunitario con que cuentan unos sectores en relación con otros. Todo esto provoca cierta extranjeridad de muchos santafesinos en su propia ciudad toda vez que se ven a sí mismos en comparación con otros que pueden desarrollar su cotidianeidad en medio de exquisiteces naturales y arquitectónicas como por ejemplo- costaneras, puentes, lagos, puerto, etc. El asunto forma parte de los complejos procesos que concurren en el delito. De allí, que nunca estos problemas han sido resueltos a través de distintas deformaciones tales como la policización, psicologización, biologización o sociologización, entre otras. Una vez más entonces: ante problemas complejos se requieren intervenciones complejas.

(*) No incluimos aquí la discusión relacionada con el uso del término frente a otros posibles (p.ej.: exclusión, desafiliación, etc).


LOS DOCE PASOS DE ALCOHÓLICOS ANÓNIMOS

LOS DOCE PASOS DE ALCOHÓLICOS ANÓNIMOS
(Los Doce Pasos Originales)
1. Admitimos que éramos incapaces de afrontar solos el alcohol, y que nuestra vida se había vuelto ingobernable.
2. Llegamos a creer que un Poder Superior a nosotros podría devolvernos el sano juicio.
3. Resolvimos confiar nuestra voluntad y nuestra vida al cuidado de Dios, según nuestro propio entendimiento de Él.
4. Sin temor, hicimos un sincero y minucioso inventario moral propio.
5. Admitimos ante Dios, ante nosotros mismos y ante otro ser humano, la naturaleza exacta de nuestras faltas.
6. Estuvimos enteramente dispuestos a que Dios eliminase todos estos defectos de carácter.
7. Humildemente pedimos a Dios que limpiase nuestras culpas.
8. Hicimos una lista de todas las personas a quienes habíamos perjudicado, y estuvimos enteramente dispuestos a reparar el mal que les ocasionamos.
9. Reparamos directamente el mal causado a estas personas cuando nos fue posible, excepto en los casos en que el hacerlo les hubiere infligido más daño, o perjudicado a un tercero.
10. Proseguimos con nuestro inventario moral, admitiendo espontáneamente nuestras faltas al momento de reconocerlas.
11. Mediante la oración y la meditación, tratamos de mejorar nuestro contacto consciente con Dios, según nuestro propio entendimiento de Él, y le pedimos tan sólo la capacidad para reconocer Su voluntad y las fuerzas para cumplirla.
12. Habiendo logrado un despertar espiritual como resultado de estos pasos, tratamos de llevar este mensaje a otras personas y a practicar estos principios en todas nuestras acciones.
Los Doce Pasos son reimpresos con permiso de Alcoholics Anonymous World Service Office, New York, New York. "Alcohólicos Anónimos no tiene opinión acerca de asuntos ajenos a sus actividades; por consiguiente su nombre nunca debe mezclarse en polémicas públicas". Décima Tradición Agradecemos a Alcohólicos Anónimos el permiso para usar y recopilar sus Doce Pasos. Todos los comentarios, personales o de las escrituras, son responsabilidad de Vencedores y no de Alcohólicos Anónimos. Alcohólicos Anónimos no autoriza ni tiene opinión sobre nuestro programa de recuperación.


Novedades :: TATO Y AVELLANEDA

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jueves, 15 de mayo de 2014

Por qué el alcohol es un asesino “implacable”

FUENTE DIARIO CLARÍN

Por qué el alcohol es un asesino “implacable”


La ONU reveló que mata a 3,3 millones de personas por año, más el sida, la tuberculosis y la violencia juntas.


El alcohol mata cada año a 3,3 millones de personas, una cifra superior a las muertes por sida, tuberculosis y violencia juntas, advirtió el lunes Naciones Unidas, que alerta de un empeoramiento de la situación.
Una de cada 20 personas fallecidas en el mundo muere por alguna de las más de 200 enfermedades vinculadas al alcohol, según un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS). En 2012, el uso nocivo del alcohol mató a 3,3 millones de personas en el mundo, frente a los 2,5 millones en 2005, según esta agencia de la ONU, que lamenta la falta de acción de las autoridades durante este período.
"En vista del aumento de la población en el mundo y del consumo previsto de alcohol, las muertes imputables al alcohol (...) podrían aumentar más" si no se ponen en marcha políticas de prevención, advirtió el subdirector general de Enfermedades No Transmisibles en la OMS, Oleg Shestnov.
Un 5,9% de los fallecimientos en el mundo (7,6% en hombres y un 4% en mujeres) a causa de enfermedades infecciosas, accidentes de circulación, heridas, homicidios, enfermedades cardiovasculares o diabetes, entre otros, tienen alguna relación con el consumo de alcohol.
La situación debería empeorar a medida que los países más poblados del mundo aumentan su nivel de vida, sobre todo, en India y en China, mientras que en América, Europa y Africa el consumo se mantiene. La OMS espera, por ejemplo, que el consumo anual aumente en China a 1,5 litros por persona antes de 2025.
En 2012, el consumo mundial equivalía a 6,2 litros por persona de más de 15 años. El 25% de este consumo escapa al control de las autoridades, un porcentaje que se eleva en países donde el alcohol está mal visto por la sociedad, como en la zona oriental del Mediterráneo o el sureste de Asia. La mitad del consumo oficial de alcohol en el mundo se realiza en forma de licores, seguidos por la cerveza (34,8%) y el vino (8%). Según la OMS, el 48% de la población mundial nunca ha probado el alcohol y la abstinencia es más frecuente entre las mujeres.
Fuente: AFP